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jueves, 10 de diciembre de 2009

Lenguaje en George Bataille

El precepto más importante en el que Bataille se apoya en su aproximación a la ciencia y a la filosofía: a partir de la extracción de sustancia que el lenguaje ejerce sobre el organismo humano y que se materializa en una falta estructural, -condición necesaria para formar parte de la sociedad-, la imposibilidad de un Otro con el significante que de consistencia definiendo al sujeto.

Es decir, la función primordial del lenguaje es la castración, entiéndase la fundación del orden simbólico en el devenir del cuerpo para así humanizarlo. Esto produce una pérdida de satisfacción (goce) como pago por el derecho de formar parte de la civilización, representa el peso de las leyes del significante sobre el ser del hombre, representa, en fin, la constancia de un “algo” no presente. “La pérdida de goce es el resto irreductible de la operación simbólica de advenimiento del sujeto en el campo del lenguaje y la cultura, en el lugar del Otro. La operación del lenguaje deja caer un resto de goce porque la hegemonía del orden simbólico que el padre tiene como función asegurar no es absoluta. Este resto, elemento extraño a la naturaleza misma de lo simbólico, constituye a la vez el núcleo de su estructura: es el punto real, refractario a toda captura significante, el ombligo en torno del cual la palabra entreteje sus redes”. Siendo el lenguaje un invento del hombre, sin duda el más trascendente, se encuentra incapacitado para definir a su inventor, es una cuestión de lógica radical. Esto es la castración, el interdicto de completud que rige a la cultura y que ésta instaura en sus miembros con su edificio simbólico, de aquí la imposibilidad de poder dar una explicación final sobre lo que representa el cese de lo que Bataille llama la “discontinuidad” del hombre. Se colige entonces la impostura tanto de la ciencia como de la filosofía, que como he dicho, pretenden decirlo Todo en torno al hombre mediante la utilización del lenguaje, impostura que el mismo Bataille denuncia así: “La máxima inteligencia es en el fondo la mejor engañada: pensar que se aprehende la verdad cuando sólo se huye de ella, y vanamente, es la evidente necedad de todos. Nadie tiene verdaderamente lo que se piensa: algo de más”. La ciencia niega que de la muerte nada sabemos y que por eso mismo es indomable.

La muerte es de esta forma sinónimo de goce, pues viene a poner término al deseo y apaciguamiento a la pulsión, a esa instancia que incita a los hombres a la recuperación de la Cosa tachada por la Ley. “Hay en la naturaleza, y subsiste en el hombre, un impulso que siempre excede los límites y que sólo en parte puede ser reducido. Por regla general, no podemos dar cuenta de ese impulso”. El goce es, de esta forma, aquella sustancia generadora de un arredramiento y de un ímpetu simultáneo en el dis-curso humano, es decir, el deseo humano está motivado a su consumación pero esa consumación representaría el cese de la vida misma conforme al lazo social. En síntesis, para Bataille, ambos quehaceres, científico y filosófico, se establecen como paradigmas destinados a la última palabra a lo que constituye el universo por lo que están destinados al fracaso, pues se desinflan en cuanto se topan con el marco de incomprensión que yace en las profundidades del psiquismo humano, en cuanto se topan con la pulsión que es “Inadaptable y resistente a todo influjo simbólico”. “De esta manera veo cómo traiciona la reflexión filosófica: no puede responder a lo que de ella se espera puesto que sólo tiene un objeto definido –que se define de otro definido de antemano- y puesto que se opone al objeto del deseo, sólo puede ser indiferente”. Y en cuanto a la ciencia, ésta se aferra a desconocer que “La máquina humana es capaz de incoherencias”. Incoherencias emanadas de la falta de objeto que colme a la pulsión y de un deseo que es primordial y llanamente deseo de deseo.

Fausto D. Sandoval

Trabajo 5

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El silencio. La pevsión del sintagma


Por: José T. Mendoza Hernández

“Llama que me provoca;
cruel pupila quieta
en la cima del vértigo;
invisible luz fría
cavando en mis abismos;
llenándome de nada, de palabras,
cristales fugitivos
que a su prisa someten mi destino…”

—Octavio Paz


El silencio que emerge de entre las palabras es también parte del entretejido sintagmático y posee un carácter ambivalente y perverso. Por tal motivo, nos dice Georges Bataille, la palabra silencio “es la abolición del ruido que es la palabra; entre todas las palabras es la más perversa o la más poética: ella misma es prenda de su muerte”[1]. Sin embargo, dado que el lenguaje en su totalidad es posibilidad de ruido o silencio y la cristalización de los actos de la experiencia humana, corre el riesgo de conducir al hombre hacia su propia muerte discursiva, aprehendiéndolo, esto es, negándole toda posibilidad interpretativa. Sobre todo, si se acepta que el valor de verdad se valida a un nivel lingüístico. Por ello, “la rigidez de los códigos comunicativos, y de cualquier tipo de código, ha sido por mucho tiempo requerida por la exigencia de la organización”[2] sintagmática.
Dado lo anterior, el silencio es, por un lado y en tanto que implica el acallamiento del hombre y transgrede lo continuo, un modo de trasladar al individuo fuera del discurso, de conducirlo a una soledad apabullante; pero, por otro lado, también vuelve factible la pretensión del individuo por emerger del entretejido sintagmático. Así, en la medida en que el silencio forma parte de dicho entretejido, la pretensión del individuo por “emerger del discurso” será sólo aparente. Tanto más se afirme en el silencio bajo la pretensión de emerger del sintagma, cuanto más afirmará su permanencia en éste último.
Si, como se ha dicho, el silencio es parte del entretejido sintagmático, no necesariamente implica la afirmación de una soledad discursiva en el individuo, pues aún siendo éste último en el silencio, poseerá un carácter lingüístico y por ello también comunicable[3]. Por otro lado, si se aceptase que el silencio es un modo de afirmar la libertad, en tanto que coloca fuera del entretejido sintagmático al individuo y su discurso, ahora tendría que responderse a la pregunta ¿con quién puede comunicarse el individuo fuera de dicho entretejido? Si ha sido lanzado fuera del entretejido sintagmático, el silencio no sólo será acallamiento, también será el inicio una muerte discursiva y, yendo aún más lejos, física. En la medida en que el silencio es vaciado de significado, en que pretende colocarse como una afirmación de la libertad fuera del sintagma, el concepto de muerte es llenado, pero ahora bajo la categoría de olvido. De este modo, la libertad se convierte en una nada, en una muerte absoluta que alcanza su concretización en el olvido. Quien en vida o aún después de su muerte ha sido olvidado por el otro, nunca ha existido, ha sido desterrado y trasladado al vacío en donde toda posibilidad sintagmática se anula[4].
Dadas las posturas anteriores, si es posible hablar de una muerte discursiva es porque ésta no es un silencio total e infranqueable que se encuentra al final de la vida; es ella quien, bajo su forma silenciosa, angustia y coloca al individuo en los límites de lo comunicable e interpretativo. En esta medida, nos dice Borges, “la vida no es otra cosa que muerte que anda luciendo”, que posibilidad de silencio que angustia y que en cada acto de expresividad nos coloca en el límite de lo decible. Parafraseando a Nietzsche, el silencio siempre se mantiene como posibilidad que “nos desliga de cualquier límite y de toda exigencia de validación”[5]. Por otra parte, dado que la muerte, al menos discursivamente hablando, no se encuentra al final de la vida, el hombre, aún participando del lenguaje, ha sido muerto, silenciado, aprehendido por el discurso que promueven y practican las instituciones. Ellas son quienes, en última instancia, colocan al individuo en el sintagma y lo hacen participar de formas lingüísticas dogmáticamente establecidas. Por ello, nos dirá Bataille “hablar, pensar, a menos de bromear o de…, escamotear la existencia; no es morir, sino estar muerto”[6] en vida. Ello, porque hay una (a)-filiación por parte del individuo a las instituciones que velan por el sintagma, porque en el fondo, son ellas quienes nos ayudan “a movernos de modo no caótico y desordenado en la existencia, aún sabiendo que no nos dirigimos a ninguna parte”[7].
El silencio, pues, posee un carácter perverso porque siempre se mantiene siendo una aporía. Por un lado, se afirma como enemistad (a-filia)[8] a las instituciones que validan el entretejido sintagmático. En esta medida, se vuelve la pretensión del individuo por afirmar su libertad con respecto al orden sintagmático validado por las instituciones. Por otro lado, sin embargo, en la medida en que le ha sido asignado al silencio un valor dentro del propio lenguaje, también se vuelve afirmación (filiación) del entretejido sintagmático.
En conclusión, es en la dicotomía afirmación/negación donde está el carácter perverso del silencio; es en la auto-negación (Selbstverneinen) y auto-superación de sí mismo (Sichselbstueberwinder) donde es posible insertar al silencio como un modo de lenguaje que no nos refiere únicamente a lo absolutamente otro, que deja abierta una nueva posibilidad discursiva.

Bibliografía.

- Bataille, Georges, La experiencia interior, Taurus, Madrid, 1973.
-Vatimo, Gianni, Más allá del sujeto. Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica, Paidós, Barcelona, 1992.
________________________________________
[1] Georges, Bataille, La experiencia interior, p. 26.
[2] Gianni, Vatimo, Más allá del sujeto. Nietzsche, Heidegger y la hermenéutica, pp. 41-42.
[3] En el marco de un ritual litúrgico, por ejemplo, el silencio posee una forma significativa. El silencio que impera durante el acto de la consagración, más que una ausencia índica la manifestación de una presencia divina. Aún en este marco, el silencio que antecede a la proclamación de una palabra, otorga a ésta última un peso significativo. Por tanto, el silencio no necesariamente es condición de muerte o implica una soledad discursiva.
[4] La verdadera muerte, nos dirá Jean-Pierre Vernant, es el olvido, el silencio, la oscura indignidad y la ausencia de renombre.
[5] Gianni, Vatimo, Op. cit., p. 65.
[6] Georges, Bataille, Op. cit., p. 55.
[7] Gianni, Vatimo, Op. cit., p. 12.
[8] Filia se refiere, en sentido griego, a amistad o afecto. Por su parte, la palabra compuesta a-filia la usaremos para referirnos a enemistad, desafección